lunes, 29 de abril de 2013

El premio

Escrito en abril de 2013
Idea original: Meteoro & Devil Inside. Unificación, edición y rectificaciones finales: Devil Inside.
Texto verde: Meteoro. Texto en rojo: Devil Inside.

Es muy instructivo escribir contigo. Aprendo mucho, aparte de pasármelo muy bien ;)

Él jugaba con el dedo en el cable del teléfono, que estaba sobre su mesa del despacho, mientras le decía

- ¿Tienes preparado todo lo que te he dicho?
- Todo, Señor.
- Muy bien. A las 20:00, espérame tumbada en la cama. Con medias y zapatos, nada más. Las muñequeras de cuero puestas, en las manos y en los pies. Y los ojos vendados. Deja todo preparado cerca.
- Estoy nerviosa…
- Lo sé.
- Confío en usted, mi Señor.
- También lo sé. No te toques.
- No se me ocurriría, no sin su permiso.
- Eso espero, y confío en ello. ¿Estás cachonda?
- Muchísimo, y lo sabes, cabr… Señor
- ¿¿Qué respuesta es esa?? A ver si me voy a pensar lo de premiarte, y en lugar de eso al final te castigo…
- Perdón, mi Amo, la verdad es que estoy tan cachonda que apenas puedo pensar. Discúlpeme si no soy lo suficientemente respetuosa…


Ella no lo vio, pero él sonrió, desde el otro lado del teléfono.

- Me pone muchísimo que me protocolees cuando estoy así de caliente. Porque yo también lo estoy, perrita…
- Me gusta escuchar eso, mi Dueño. Al final, tendré que atarme las manos…
- Como te toques te juro que no te podrás sentar en dos días, puta.
- Me cuesta, Señor, pero le obedeceré, por supuesto.
- Por supuesto que sí – susurró él
- Sí, mi Amo, por supuesto que sí – susurró ella también
- Voy a intentar trabajar un rato, y te sugiero que hagas lo mismo. Un beso, perrita, hasta luego.

***

Colgamos. Respiré profundamente, su voz, sus palabras, lo que podía pasar en unas horas, todo ello me había puesto en tal estado de excitación que mi tanga y mis muslos estaban empapados. De manera absolutamente literal, estaba tan pegajosa que dudé si ir al baño a limpiarme un poco. Pero luego descarté la idea, quería sentirme así, mojada, incluso un poco incómoda, toda la tarde, hasta que llegara el momento de verle. La piel me ardía de ganas, no podía controlarlas, y la entrepierna me iba a estallar. Y aún quedaban tres horas para las 20:00. Uf.

***

No me podía concentrar bien en el trabajo, la conversación con mi perra me había dejado pensando en otras cosas, aunque intentaba concentrarme, cada vez que me movía levemente en la silla del despacho notaba como el calzoncillo húmedo rozaba mi piel, lo que volvía a poner mi mente en el camino equivocado. Estaba ansioso porque la hora de terminar la jornada llegara cuanto antes.

Al cabo de un rato y una vez que me había concentrado en mi trabajo, recibí la visita de un proveedor, era una comercial rubia, curvas pronunciadas y sonrisa picarona, durante mucho tiempo ha estado intentando venderme, pero a día de hoy nunca lo ha conseguido. En las visitas viene vestida elegantemente y trata de cautivarme con su mirada y con su prominente escote, se echa hacia delante para dejar al descubierto su gran canalillo mientras me mira a los ojos y sonríe cual puta que quiere llevarse a un cliente a su catre.

A pesar de que es una mujer muy sexy nunca la había mirado con ojos diferentes a los de un profesional que está negociando, pero ese día tras la llamada a mi perra mis sentidos estaban especialmente a flor de piel y mi polla húmeda parecía darle órdenes a mi cerebro para que le hiciera proposiciones indecentes, o muy decentes…

Ella hablaba de las bondades de su producto, del servicio exquisito de su empresa, y yo pensaba sobre el servicio exquisito que podría darnos a mí y a mi perra, pensaba “quiero tenerte de rodillas, ¡¡puta!!”. Después de un rato dialogando, dimos la reunión por terminada y cual fue mi sorpresa que me invitó a tomar algo cuando fuera por Madrid, me había invitado a eventos deportivos, a comer, visitar su fábrica y nunca había accedido, pero un detalle me hizo cambiar de opinión. Sonreí, y le dije

- Pues luego, cuando acabe, voy a ir a Madrid y podría estar bien aceptar esa invitación.
- ¿Sí? Claro, me encantaría. ¿Por dónde quieres que quedemos?
- Podemos quedar por la zona del Bernabéu, en la esquina del centro comercial y desde allí vemos donde vamos.
- Perfecto, pues allí a las 19:00. Adiós.
- Adiós

Hoy, al igual que otros días, había venido vestida con una camisa medio desabrochada, y no sé si es que otros días no me había fijado, o no sé si es que esa tarde mis sentidos estaban especialmente agudos, pero, aparte de ese canalillo donde me hubiera perdido muy a gusto, me fijé en algo que iba a determinar que el rumbo de esa tarde cambiara.

En su cuello, colgando de un cordoncillo de cuero negro, brillaba algo. Un triskel.

Sonreí. Al menos, había que intentar averiguar si la corazonada era correcta o no. Si lo era, mi perra esa noche tendría doble sorpresa. Toqué con los dedos el mío bajo la camisa y la corbata que llevaba ese día, no sé muy bien por qué, porque no suelo llevarlo cuando trabajo. ¿Cosa del destino? Sonreí, mientras respondía a un e-mail sin poner demasiadas barbaridades, a la excitación por la sesión que iba a tener con mi perra se sumaba la posibilidad de tener a otra, pervertirla, o lo que fuera a suceder. Uf.

***

El olor del incienso llenaba la habitación. Tumbada sobre la colcha de la cama, las muñecas y los tobillos rodeadas de cuero, aún sueltas. Si las movía, podía escuchar como sonaban las sujeciones para fijarlas a la cama – convenientemente colocadas de antemano, tal y como Él me había ordenado hacer. Los ojos cubiertos con un pañuelo negro, únicamente vestida con unas medias negras y zapatos del mismo color. La respiración completamente agitada, el corazón a mil por hora, casi jadeando, y la entrepierna empapada, como llevaba toda la tarde. De fondo, como muchas otras veces, sonaba Enigma.

En la mesilla del lado izquierdo, había varias cosas, que Él me había ordenado poner allí. Un cuchillo afilado, las pinzas japonesas, lubricante y varias cosas más. Especialmente, me inquietaba el cuchillo. Confiaba en Él a ciegas, pero no sabía para qué podría quererlo. Uno de mis límites era la sangre. ¿Era?¡Qué coño, “es”! Cuando le dije que podía forzarlos no me refería a esto, ¿se lo había tomado al pie de la letra? ¿Y cómo podría decirle que parara si…? Joder, la palabra de seguridad, ¿cuál era? ¿…?

Y en esto pensaba cuando escuché las llaves en la cerradura. El corazón me dio un vuelco y apreté las piernas por última vez en la tarde, notándome completamente empapada…

Escuché sus pasos por el pasillo. Le escuché también dejar las llaves en la mesita de la entrada, la chaqueta en el perchero, entrar en el baño y tirar de la cadena. Y finalmente, pasar al dormitorio, donde, privada del sentido de la vista, sólo pude olerle y escuchar como dejaba varios objetos en el suelo y en la mesilla. Algo que sonó como cristal, lo que pareció un mechero - lo encendió, supuse que para comprobar si funcionaba - Luego, me habló por primera vez.

- Hola, perrita

Yo apenas podía casi ni hablar, pero hice un esfuerzo

- Hola, mi Dueño

Me notó el nerviosismo en la voz.

- ¿Estás nerviosa? – sujetó las muñequeras de las manos a los soportes que estaban en la cama, primero la mano izquierda y luego la derecha.

- Sí, Señor, mucho
- Pero confías en mí, ¿verdad? – ahora sujetó las de los tobillos, quedándome completamente abierta y expuesta a Él.
- Sí, siempre
- Entonces no estés nerviosa, ¿vale? – me dio un beso rápido cerca de la cadera, que me hizo estremecerme
- Estoy atacada, Señor, confío en usted, pero estoy muy nerviosa.
- Esto es un premio, cosas que sé que te van a gustar, seguro – su mano recorrió despacio mi cuerpo, desde el hombro hasta la cadera, pasando por los pechos, que tenía con los pezones completamente erectos y evitando rozar éstos a propósito - ¿Por qué tendrías que estar nerviosa?
- Porque no sé lo que me va a pasar ni lo que me va a hacer…

Casi pude imaginar cómo sonreía, aunque no podía verlo con los ojos vendados.

- Nunca sabes lo que te voy a hacer ni en qué orden te van a pasar las cosas en una sesión. ¿Por qué en esta tendría que ser distinto?
- Bueno, me inquieta un poco el cuchillo…
- Estabas muy respetuosa, no vayas a estropearlo...
- Amo, me asusta un poco ese cuchillo. Sabe que la sangre… Yo… bueno, mis límites.
- ¿Piensas que voy a hacerte sangre con él? – lo cogió de la mesilla y lo depositó, frío, sobre mi estómago, me estremecí y di un pequeño respingo.
- Yo… no… No lo sé…

Otra vez volví a imaginar que sonreía, encantado de sobresaltarme de esa forma y de provocarme sensaciones nuevas.

- Pues te equivocas. No me apetece hacerte sangre, sabes que no me gusta a mí tampoco, y no soy tan sádico, aunque la verdad, he disfrutado un poco tu miedo, lo reconozco.

Se me escapó una lágrima a través de la venda de los ojos, y Él me la quitó de la cara con los dedos.

- Tranquila. Sigue confiando en mí, ¿vale? – me susurró, mientras me besaba en los labios
- Sí, así lo haré, Amo...

Él cogió de la mesa el objeto que había sonado como cristal y lo depositó sobre uno de mis pechos, haciendo que me sobresaltara de nuevo.

- Hoy las sorpresas para ti van a ser varias. Y el cuchillo lo voy a usar para otra cosa, pero no sobre tu cuerpo…

Tratando de lograr que el ambiente en la habitación se volviera más sensual y misterioso apagué la luces y encendí varias velas que coloqué estratégicamente por diferentes sitios, la luz tenue y las sombras hacía del lugar un espacio acogedor donde dejar volar la imaginación y donde dejarse llevar, y puse más barras de incienso de olor a canela en el quemador.

Una vez que la habitación estaba preparada a mi gusto y mi perra nerviosa a la vez que excitadísima, me desnudé y me puse mi boxer de látex y mi chaleco de cuero, al hacerlo noté como mi pene estaba morcillón y mi capullo no dejaba de segregar fluido, lo que le hacía estar empapado, tanto que podía oler mis propias feromonas.

- Perra ¿puedes olerlo?
- ¿El qué, mi Señor?
- Espera…

Me acerqué a ella con el cuchillo en la mano y con una raíz de jengibre, ella escuchaba el rasgar del cuchillo sobre algo, como pelándolo, pero no se imaginaba que era. Le pasaba el jengibre cerca de las fosas nasales y ella trataba de adivinar lo que era sin mucho acierto.

- Eres una perra con poco olfato…
- Señor, me huele a algo raro, no lo identifico con nada.
- Mira a ver si sabes a que huele esto… - acerqué mi capullo empapado a su cara y pasé el jengibre por el.
- Uhm, mi Amo, es el olor de su polla, es inconfundible, me encanta su olor
- sonrió
- Si perrita, es el olor de mi polla, pero ¿no distingues algo más?
- Señor, el olor de su polla con ese otro olor que he podido oler anteriormente.
- Perra lista…

Volví a pasarme la raíz bien por el capullo y luego se lo acerqué a su clítoris. Al principio no sentía nada, pero al cabo de unos segundos empezó a estremecerse.

- ¿Qué te pasa perrita?
- Amo no lo sé, es mi clítoris, ¡arde!
- Jajaja

Cogí el vaso que tenia zumo de jengibre y le di a probar mojando con mi dedo y pasándoselo por los labios, le dije

- ¿A qué sabe?
- Sabe amargo, no me gusta el sabor.
- Jajaja, no quiero que te guste su sabor, quiero que soportes su ardor - me reí

Entonces metí mi polla en el vaso de zumo y se la hice lamer, en esos momentos mi capullo estaba hinchadísimo y ardía sobremanera, pero era algo que ya soportaba con facilidad. Una vez que me había lamido bien la polla y que tenía la boca cubierta del sabor del jengibre, cogí la raíz y me puse a jugar en su ano con ella, primero hacía círculos para empaparlo todo, luego se lo metía un poquito y en unos minutos tenía la raíz bien introducida en el culo y podía escuchar gemidos, chillidos pequeñitos, sonidos guturales de excitación, de extrañeza, de gusto, de placer, de ardor…

- Amo ¿qué es eso que me hace que me arda todas mis entrañas, que me escueza todo el ano, que me gusta?
- Perra, es uno de tus premios...

¡¡Ayyy!! Escuché otro estremecimiento, ahora más intenso que los anteriores y entonces aproveché para darle su premio como bien se lo merecía. Su coño estaba chorreando, todos sus labios estaban empapados y su clítoris hinchado, acerqué mis dedos para abrir sus labios y entonces metí mi polla pringada de mis fluidos y del jengibre. Empecé a follarla despacio, tratando de que mi polla recorriera cada centímetro de su cavidad, describiendo ochos, sacándola, metiéndola y, de repente, los gritos y los gemidos se multiplicaron por cien, los estremecimientos de su cuerpo se hicieron ingobernables y su mirada se tornó lujuriosa, lasciva, guarra…

- Perra, ni se te ocurra correrte
- No mi Amo, aunque, si sigue follándome así, no podré aguantar.
- Si te corres te quedarás sin tu segundo premio…
- Uff, mi Amo, por favor…
- Tú sabrás si lo quieres…

***

- Claro que lo quiero, Señor. Por favor, pare de follarme o no podré aguantar – le dije, entre jadeos – Se lo suplico…

Él me miró con esa expresión entre lujuriosa y socarrona que se le pone cuando suplico y me dijo

- Porque te estás portando muy bien, que si no seguiría – redujo el ritmo de sus embestidas hasta salirse completamente de mí, despacio.
- Límpiame bien la polla, perrita – me la llevó a la boca e hice lo que me ordenaba con mucho gusto, me encanta dejársela bien limpia, aunque en esa postura no podía hacerlo todo lo bien que me gusta.
- Muy bien, me encanta lo obediente que estás siendo. Ahora te voy a desatar y te voy a dar tu segundo premio – sonrió, mientras se estiraba e iba soltándome las manos y los pies.
- Gracias, Señor. Muchas gracias
- De nada, perrita. Creo que este premio te va a encantar - sonrió otra vez, y esta vez vi un brillo diferente en su mirada.
- Estoy segura de que me gustará, mi Dueño, aunque después de lo de antes, no sé qué habrá pasado por su cabeza…
- Piensa un poco, hay algo que llevas mucho tiempo deseando hacer y hasta ahora nunca has podido, por una cosa o por otra…
- No me diga que vamos a irnos a hacer un crucero al Caribe, Señor, jajaja.
- Jajaja, no. Es algo que está dentro de ti, forma parte de ti, lo llevas dentro y estás deseando sacarlo. Algo que sé que tiene mucho potencial, y estoy deseando ver en acción…

Arrugué un poco la frente, pero sonreí, casi sin creérmelo.

- ¿Un sumiso? ¿Para mí?

Él me besó en los labios, mientras sonreía.

- Si te vieras como te brillan los ojos mientras lo dices, mi perrita sádica. Es “sumisa”, a tu gusto, en realidad, switch. Te la dejo durante una hora, luego la usaré yo y tú volverás a ser mi perra. Ahora, Señora – sonrió- puede usted hacer uso y disfrutar de su premio.

Mi mente estaba algo confusa, pero hizo el clic y el conmutador se fue al otro lado.

- Gracias. Podemos hacerla pasar – sonreí

***

Él abrió la puerta. Detrás estaba una mujer, de unos treinta y tantos años largos, rubia, vestida con un traje de falda y chaqueta, zapatos de tacón negro de aguja, que me encantaron, y una camisa blanca que dejaba ver su impresionante escote, unas tetas que se adivinaban redondas y firmes. Pero sobre todo, una mirada de lujuria que me encendió por completo. Tenía la falda arrugada en la cintura, levantada, y se estaba masturbando.

Fijé mi mirada en ella, e inmediatamente, ella hizo lo mismo. Me la sostuvo.

- ¿De dónde has sacado a esta zorra? – pregunté, dirigiéndome a mi Amo
- Llevaba bastante tiempo con ganas de guerra… Digamos que hoy se han alineado los planetas – sonrió Él
- Ya me contarás los detalles en otro momento. Tú – me dirigí a ella – arréglate la falda y ven. Acércate – continué con la mirada clavada en la suya.

Ella volvió a mirarme y me obedeció, se alisó la falda con las manos y luego se acercó, sin decir ni una sola palabra. Miró a mi Dueño, buscándole con los ojos, pero Él estaba serio, sentado en un pequeño sillón, con una sonrisa en los labios, y no despegó la mirada de lo que estaba sucediendo en el centro de la habitación.

- Yo… - empezó a decir ella
- ¿Alguien te ha dicho que hables, perra? – le dije – Durante esta hora, eres mía. No se a lo que estás acostumbrada, pero a partir de este momento, las vamos a hacer a mi manera, ¿está claro? – le dije, sin dejar de clavarle mis ojos en los suyos – Desnúdate.

Ella empezó a hacerlo. Su expresión era de ligero temor, sus dedos casi no atinaban con los botones y los ojales, así que decidí tranquilizarla. Avancé un paso hacia ella y sonriéndole, la besé en los labios.

- Confía en mí. Puedes estar segura de que no te pasará nada que no te guste. ¿Habías besado a una mujer alguna vez?
- Sí
- Sí, ¿qué?
- Sí… Señora, alguna vez.
- Bien, perfecto. No, quédate con las medias y los zapatos – la miré mientras terminaba de quitarse el tanga – me gustas, perrita. Tienes unas tetas preciosas, y se me están ocurriendo un montón de cosas que hacerles…
- Gracias, Señora…
- De rodillas, y las manos a la espalda – ella lo hizo, despacio. Luego me miró
- ¿Qué sientes? – le pregunté
- Excitación, Señora, mucha, estoy muy cachonda, esta situación es nueva para mí, ni me imaginaba que esto me fuera a pasar hoy.
- Pues ya somos dos, perra. Como sabes, has sido una sorpresa para mí.
- Espero que le haya agradado, Señora
- Mucho – sonreí – Me gustas – sonreí mientras le acariciaba la cara y te miraba de reojo, nos mirabas sin perder detalle de lo que sucedía.
- Dime, ¿te excita sentir dolor?
- Sí, Señora, aunque no mucho.
- Entiendo. Si ves que no puedes soportar algo, dí la palabra “agua” y pararé en seguida. Si no la dices yo seguiré, así que no te cortes en decirla si lo crees oportuno. ¿Comprendido?
- Sí, Señora

Con las manos, le toqué las tetas por primera vez. Uhm, eran increíbles, duras, se me salían ligeramente de la mano y los pezones, pequeños y de color rosado, se endurecieron inmediatamente al contacto de mi piel. Las apreté un poco más fuerte, hasta pellizcárselos fuerte, hasta que se movió y se quejó, lo que, lejos de hacerme parar, me animó a continuar provocándole dolor. La sensación de poder era increíble. Me encantaba, me excitaba y me ponían muy cachonda sus quejiditos.

- Vamos, vamos, que no es para tanto. Si te quejas con esto, ¿qué me vas a decir cuando te ponga pinzas?
- Señora, por favor, no mucho rato, no las aguanto bien…
- No me provoques, perra...
- No, Señora, intentaré aguantar.

Cogí una bandejita con pinzas de madera. Se las fui colocando, poniéndolas de manera que apenas cogían carne, rodeándole las tetas, dejando los pezones libres. Allí le puse las pinzas japonesas, apretándolos. Otra vez, sus gemidos de dolor me excitaron muchísimo.

- Uf, Señora, apenas las aguanto…
- Vamos, concéntrate un poco, seguro que puedes transformar el dolor en placer – sonreí, mientras pasaba los dedos por su coño – Estás empapada, zorra, no me digas que no te gusta – moví la mano más deprisa sobre su clítoris, al tiempo que tiraba un poco de la cadena de las pinzas. Me estaba empapando la mano…
- Límpiame la mano, puta, me la has dejado empapada

Ella lo hizo, lamió mis dedos encharcados de su propia excitación. Antes de que acabara, la olí y me encantó. Luego volví a ponerle la mano en la boca mientras acababa de limpiarme.

- Muy bien, perrita. Te has ganado que te quite las pinzas – sonreí
- Gracias, Señora…
- Tráeme la fusta

Ella fue a levantarse, pero yo se lo impedí tirando un poco de la cadenita de las pinzas que llevaba.

- Shh, no, no. Vas a ir a por ella a cuatro patas, que para eso eres una perra. Cuanto más tardes, más tiempo tardaré en quitártelas…
- Señora, por favor, apenas las puedo aguantar ya…
- ¿Más quejidos? Ya que vas por ese lado, aprovecha para ponerte entre las piernas de él – te miré, sonriendo- y le comes la polla hasta que yo te diga. Y luego me traes la fusta con la boca y a cuatro patas. ¿Entendido?
- Si, Señora

Gateó hasta donde estabas sentado y. de rodillas entre tus piernas, obedeció la orden y empezó a lamerte. Yo me llevé la mano a la entrepierna, acariciándome mientras la veía a ella hacerlo, y a ti cerrar los ojos un momento, suspirar y gemir, y luego clavarme la mirada.

- Vale ya, para – le ordené – Tráeme la fusta, como te he dicho.

Ella la cogió de donde estaba, con la boca, y volvió conmigo, a gatas. Me la ofreció.

- Muy bien, perrita, así me gusta. ¿Qué tal te ha comido la polla? – te pregunté
- Lo estaba haciendo muy bien… hasta que le has dicho que parara
- Bien, entonces se ha portado bien. Seré rápida entonces...

Alejándome un poco de ella, toqué las pinzas de madera con la fusta, y sin apenas darle tiempo a reaccionar, se las fui quitando, dándole fustazos secos y certeros sobre ellas, haciendo que saltaran y que ella gritara de dolor. Uf, cómo me excitó aquello…

Cuando acabé con las de madera, cogí la cadenita de las que llevaba en los pezones con la fusta y tiré de ella suavemente. Ella me miró y me suplicó

- No, por favor, no me haga eso… ¡No lo haga! ¡Por favor!

Uf. Cómo me pone escuchar suplicar. Casi me dejo llevar por un impulso sádico y le doy un tirón fuerte de la cadena, pero me contuve con algo de esfuerzo. Sonreí, sin dejar de mirarla a los ojos y sin dejar de tirar, lenta y suavemente de la cadena.

- Tranquila – le acaricié el pelo y las tetas enrojecidas suavemente - Estas te las voy a quitar despacio, levántate – las quité muy despacio, escuchando su grito de dolor, frotándole los pezones suavemente con los dedos, y a continuación, lamiéndoselos y notando como se endurecían en mis labios. Uhm, me encantaba.
- ¿Qué opinas? – le pregunté a mi Amo - ¿Crees que puedo dejar que se corra una vez? Me ha gustado como se ha portado
- Sí, yo también creo que se ha portado bien… - sonreíste. Ver mi lado dominante te estaba gustando casi tanto como a mí explorarlo…
- Entonces, voy a regalarle una corrida. Túmbate en la cama – le dije

Ella lo hizo, se tumbó boca arriba, como yo había estado hacía sólo un rato. Le ordené que abriera bien las piernas. Me empapé los dedos de zumo de jengibre y se los pasé por el clítoris, luego por el coño, haciendo que empezara a retorcerse en pocos segundos.

- Arde, ¿verdad? ¿te gusta la sensación?
- Si… oh, si, Señora, mucho, muchísimo…
- Ni se te ocurra correrte aún, ¿estamos? ¿Has probado el Hitachi?
- Uhm, no, Señora, no sé qué es…

Sonreí. Hacer probar cosas nuevas a alguien me encanta, agudiza mi imaginación… y mi sadismo.

- Es un vibrador muy potente. Tanto que puede hacer que te corras en menos de un minuto, yo diría que menos, tal como estás, puta. Más de una vez. Voy a dejártelo puesto sobre el coño durante dos minutos. Pero tú sólo puedes correrte una. Si te corres más de una te castigaré, ¿has entendido?
- Señora no sé si podré…
- Seguro que puedes, perrita – le dije, besándola en los labios – no podría soportarlo, tendría que correrse más de una vez – cuando te vayas a correr, quiero que me lo digas en voz alta, alto y claro
- Si, Señora, así lo haré

Puse la Hitachi, a la velocidad más alta, sobre su coño, presionando. Miré el reloj que estaba en la mesilla y comprobé el tiempo. Al llegar a los 30 segundos empezó a retorcerse y a agarrar la colcha con las manos, fuerte, mientras gemía y decía que se iba a correr. Miré a mi Dueño y estaba masturbándose, lentamente, sin dejar de mirarla, mientras tenía su orgasmo. No podía dejar de retorcerse y de tener espasmos, mientras el reloj marcaba que había pasado un minuto y medio, ella volvió a decir que se corría y no dejó de estremecerse hasta que terminó el tiempo y yo apagué el vibrador, retirándoselo despacio del coño. Estaba empapado, sus muslos, la cama, todo…

- ¿Cuántas veces te has corrido? – le pregunté
- Dos, Señora – me respondió ella, aún agitada
- ¿Y qué tengo que hacer contigo, zorra?
- Lo que considere, Señora
- Muy bien, lo que considero es que una puta como tú se merece que la azote. Ponte a cuatro patas sobre la cama.

Cogí el gato. Pasé las tiras de cuero por la piel de su culo, luego mi mano, acariciándola suavemente, y empecé a azotarla, a intensidad suave en los primeros, para ir subiendo, mientras su piel iba cogiendo color y empezaba a moverse y a quejarse ligeramente. Paraba de vez en cuando para acariciarla y notar el calor de su piel, Cuando vi que tomaba un tono rosado oscuro pensé que ya era suficiente por el momento. Volví a acariciarle la piel ardiente y luego le ordené que me besara y lo hizo, lenta y sensualmente, lo hacía muy bien. Me senté en la cama, apoyando la espalda en unos almohadones y abrí bien las piernas.

- Haz que me corra por lo menos dos veces

Lo hizo, alternó la lengua, la mano y por último, el Hitachi, tras pedirme permiso. Se lo dí, a condición de que me lamiera bien tras correrme, y ella sonrió y me dijo que lo haría encantada. Cuando yo aún estaba en los espasmos de mi segundo orgasmo, con ella lamiéndome hasta dejarme limpia entre mis piernas, me percaté de que mi Amo se levantaba y, mirando el reloj, me decía con la mirada que mi turno se había acabado. Mi mente se negaba a volver al otro lado, la experiencia me había gustado demasiado…

Su mirada era esa que me gusta tanto ver, de absoluta lujuria, lasciva… Y se la sostuve, sonriendo, no podía evitarlo. Me encanta verle así.

***

- Bueno, bueno... Tengo dos putitas cachondas, con los coños empapados y deseando seguir con la juerga, pero ¿sabéis? Ahora tenéis que satisfacerme a mí y eso no lo vais a tener fácil. Poneros de rodillas, sobre vuestros talones, con las manos en la espalda. Voy a privaros de uno de vuestros sentidos.

Me acerqué a uno de los cajones y cogí dos pañuelos negros de seda para ponérselos sobre los ojos. Vi a Elena - así es como se llamaba la comercial, que resultó ser una perra muy cachonda- un poco nerviosa y traté de tranquilizarla susurrándole en el oído

- Si quieres parar, recuerda la palabra de seguridad, “agua” – ya más tranquila, vi como sonreía y se dejaba llevar. A continuación le puse el pañuelo a mi perra, que estaba tranquila, pero con una cara de excitación que no podía con ella.

Apagué la música de fondo, quería escuchar cada más mínimo gemido, susurro, quejido. Cómo me gusta escuchar los quejidos de dolor cuando azoto las tetas de una perra, es algo que me enciende, que me hace disfrutar.

- Según estáis, poneros erguidas sobre vuestras rodillas. Quiero que me mostréis bien vuestros pechos.
- Si, mi Amo
- Si, Señor

Cogí dos de mis fustas, una era larga, de doma, con el mango de cuero y estilizada, con una terminación en cuerda, la otra termina con un rectángulo de cuero de superficie lisa y robusta y hace un sonido al azotar digno de una sinfonía de Mozart. También me dejé cerca una pala de cuero negro con bastante superficie, que produce un sonido grave e intenso.

Cuando menos se lo esperaban, empecé a azotar las tetas de Elena primero con fustazos suaves sobre sus pezones, probando un poco el nivel al que podía llegar. Como vi que no se quejaba demasiado, después de 10 fustazos de prueba, le propiné uno en cada teta de intensidad media y noté como se estremeció y soltó dos quejidos, pero se mantuvo bien erguida en su sitio. Ahora era el turno de mi perra. Con la misma fusta, empecé a azotarle ambos pechos con movimientos certeros e intensos, quería oírla gemir, quejarse, gritar de dolor para que, de esa forma, a Elena se le pasaran muchas cosas por la cabeza. Zas, zas, zas… sonaban de maravilla.

- Cuéntalos, perra, quiero llegar a 50, sabes que me pone mucho oírte, que me des dolor…
- Sí, Señor… uh, 34, 35,36, 37...
- Uhm, continúa, puedo ver como tus pechos se enrojecen.. - zas, zas, zas, la fusta seguía sonando sobre ellos.
- 38, 39, 40…

Entonces cambié y cogí la pala para acabar los diez últimos. Su sonido es mucho más seco, menos ligero que el de la fusta. Plas, plas…

- 41, 42… uh, Señor, duele…
- Lo sé, cuenta perra - plas, plas…
- 48, 49 y 50… ¡ahhh!

Vi como se estremeció de dolor y como a la otra perra se le cambiaba un poco la cara, no podía ver sus ojos, pero intuí temor por lo que le iba a pasar. Con la fusta de doma me separé un poco de ambas perras y desde el lado en el que tenía a Elena empecé a fustigar sus pechos intentando no repetir en el mismo sitio dos veces seguidas. Los primeros 10 fustazos los aguantó bien, pero luego empezó a retorcerse y moverse incluso antes de que le llegara la fusta al pecho.

- Putita, ni siquiera te he llegado a dar ¿y ya te estás quejando?
- Señor, para ser mi primera vez me está dando con fuerza…
- No me digas putita, ¿y para qué tienes la palabra de seguridad?
- Señor, es que me gusta, me está haciendo mojarme de una forma increíble…
- Pues entonces no te quejes - pude ver como sus muslos brillaban rociados de sus propios fluidos
- Sí, Señor - sonrió

Cogí la pala de nuevo y le dí cinco palazos más en cada teta, pidiéndole que después de cada uno metiera sus dedos en el coño de mi perra y los lamiera. Fueron realmente intensos pero, para mi sorpresa, aunque se quejó fuertemente, lamer los fluidos de mi perra le excitaba tanto que casi me pedía el siguiente.

Les quité los pañuelos que cubrían sus ojos para que vieran como habían quedado sus pechos, se miraron primero los suyos y luego los de la otra y pude ver como mi perra sonreía y como Elena se quedó sorprendida al ver unas marcas grandes en varias partes de cada pecho.

- Señor pero… ¿esto se quedará mucho tiempo?
- No, perrita. En unos días no tendrás nada, pero te aseguro que cuando estés en la intimidad de tu casa y veas las marcas, te acordarás de mi, entonces, en ese momento, quiero que me mandes un whatsapp y me digas lo que sientes – sonreí.
- Perrita, a ti también te han quedado unas marcas preciosas
- Si Amo, lo sé y lo que más me gusta es que a usted le encanta verlas.
- Si, como me conoces, sabes que me encanta - me acerqué y la besé en los labios - En este momento, como os podéis imaginar, estoy muy cerdo, es mi hora, ahora quiero correrme yo - me senté en la silla abierto de piernas y les dije que se acercaran a cuatro patas delante de mi.
- Besaros y tocaros, quiero que os excitéis, que os pongáis bien cerdas
- Sí, mi Amo - Elena tan sólo sonrió

Empezaron a entrelazar sus lenguas, a tocar sus pechos doloridos y a gemir de excitación, yo estaba con la polla durísima y el capullo chorreando de fluidos. Veía como cada vez la situación se tornaba más caliente, más intensa, de los pechos pasaron a tocarse los coñitos empapados, metían los dedos, se daban a probar, los olían, se excitaban y me excitaban.

- Bien, perras, es el momento de que probéis vuestro premio, acercaros un poco más a mí, podéis lamerme la polla, sé que lo estáis deseando…
- Si, Señor - se adelantó Elena

La cogió con firmeza y se la metió en la boca, sin tardar ni un segundo mi perra se acercó también y empezó a lamer los huevos. Me encantaba ver la escena, dos perras empapadas, deseosas, entregadas a darme placer.

Iban cambiando y unas veces se la metía en la boca mi perra y otras Elena, hasta que, en un momento determinado, me di cuenta de que mi perra se acercó a mi culo y empezó a lamer mi ano con suavidad, metiendo bien la lengua dentro, eso, como ella bien sabe, me pone a mil, más si cabía, porque otra cerda me estaba comiendo la polla.

- Seguid así las dos, lo hacéis muy bien. Estoy a punto de llenaros la boca con vuestro premio.

Ellas siguieron, intentando hacerlo de forma más intensa, querían su premio y lo querían ya.

- Poneros de rodillas con las manos atrás, rápido…
- Si Señor
- Si, mi Amo
- Vamos perras, que me corro… ummm - empezó a salir mucho semen de mi polla, y, en un principio le llené la boca a mi perra, no sabía si Elena estaba dispuesta a probarla el primer día – Elena, te veo un poco con cara de querer probar…
- Si, Señor me muero por saborearla…
- No sabía si ibas a estar dispuesta. Perra, bésala y deja que saboree ella también el elixir…
- Si, mi Amo

Empezaron a besarse muy húmedo, sus lenguas recorrían la boca de la otra tratando de palpar cada milímetro, parte del semen trató de escaparse por la comisura de los labios de Elena, pero mi perra con astucia lo recogió con un lametón grande y suave.

Los besos me pusieron tanto que acabamos los tres lamiéndonos nuestros sexos, nuestras bocas y nuestras caras y jugando con nuestros fluidos.

Cuando la puerta se cerraba, ya despidiéndonos de nuestra invitada antes de irse, se volvió y me dijo con voz suave y mirada seductora

- Ahora empezarás a comprarme, ¿no?

Y yo miré a mi perra, que sonrió, y le respondí

- Eso tendrás que ganártelo, perrita

Y sonriendo, cerré la puerta.

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